Los intelectuales se preocupan por el poder de la Iglesia y el creciente culto a la personalidad de Putin.

En la historia de Rusia, una tierra de grandes escritores, artistas y científicos, todos ellos -la "intelligentsia", en ruso- siempre funcionaron, aun a pesar suyo, como la conciencia moral del país. Rusia es también la tierra de los grandes autócratas, de la policía secreta, de la disidencia como un acto de coraje. Es una larga tradición. El historiador Richard Pipes cuenta en "Rusia bajo el Antiguo Régimen" que el primer disidente oficialmente registrado era -a comienzos del siglo XVIII- un príncipe, Ilya Khvorostinin, denunciado por las autoridades porque no practicaba la religión ortodoxa, tenía libros en latín en su biblioteca, decía que el zar era "un déspota" y se quejaba de que entre el pueblo de Moscú no había con quién conversar. "Nuestra democracia es feudal, tendremos que vagar en el desierto durante años para encontrar líderes políticos que no sean señores feudales", decía el poeta Yevgeny Yevtushenko en 1994. Antes todavía, hacia 1925, el poeta Maximilian Voloshin decía que el zar Pedro el Grande "fue el primer bolchevique", porque era "más un escultor que un carnicero aunque esculpía en la carne, no en la piedra". Ahora que Vladimir Putin ocupa la tapa de la revista "Time" como personaje del año 2007 -bajo el título "nace un zar"- y se habla de los nuevos "tiempos de estabilidad" luego de la crisis provocada por el final de la Unión Soviética en 1991, vale preguntarse por la situación de la cultura rusa. Está claro que luego de beneficiarse de los altos precios del petróleo y de asegurarse el control de los servicios secretos y los medios masivos, Putin apunta hacia la cultura. Las elecciones presidenciales de marzo de 2008 -que podría ganar un delfín suyo- polarizan a muchos.
Claro que esta Rusia no es la de Stalin, hoy la "intelligentsia" puede hablar sin miedo de terminar en un campo de concentración. Aun así, importantes artistas y escritores, conscientes de la oscura historia de represión cultural en este país, se angustian por el creciente poder de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Estado poscomunista, la ola de nacionalismo y el "culto a la personalidad" auspiciado por el Kremlin. "El arte ruso cultiva la ironía, ésa es nuestra tradición, y por eso disgusta tanto al gobierno como a la Iglesia", dice el galerista ruso Marat Guelman, mirando por la ventana de su casa hacia la Catedral de Cristo Salvador, dinamitada por Stalin y reconstruida hace poco.
Pero aun los símbolos religiosos son difíciles de desentrañar en este país. Por caso, Kursk es un nombre que significa tres cosas a la vez. Es el nombre de una ciudad del centro de Rusia famosa por las peregrinaciones religiosas a su monasterio y su catedral, como lo muestra la famosa pintura de Ilya Repin "Procesión de Pascuas en la región de Kursk", de 1883. Es el nombre de la mayor batalla de tanques de la Segunda Guerra Mundial, en 1943. Y es el nombre del submarino nuclear construido en 1994 -orgullo de la flota rusa del Mar del Norte- que se hundió en el año 2000 por un accidente que mató a sus 118 tripulantes.
"La palabra de moda hoy es no solo 'patriotismo' -aunque abunda en las películas oficialistas- sino 'optimismo'. Hay que ser 'positivos', el precio del petróleo está alto. Pero cualquiera puede ser golpeado y apresado por la Policía, la televisión sigue bajo control estatal, el Ejército masacra a los civiles en Chechenia y los recursos naturales de Rusia fueron privatizados por antiguos oficiales de la KGB, a todo eso le llaman estabilidad", dice el músico Alexander Manotskov. Y agrega: "Lo que no entienden en Occidente es que todo eso se hace con el apoyo entusiasta de las mayorías. Los que creemos en la democracia, el arte moderno y la libertad personal en Rusia somos una minoría".
En este clima, el cineasta Nikita Mijalkov -el famoso director de "Sol ardiente" y "Pieza inconclusa para piano mecánico"- firmó una carta pública de apoyo a Putin pidiéndole que se quede en el gobierno más allá de lo que digan las leyes. "Rusia necesita autoridad, aunque esto suene absurdo en el mundo civilizado, el caos aquí es una catástrofe para todos, ¿por qué la gente se asusta del patriotismo? Hay una histeria entre los intelectuales porque ahora se enseñan las bases de la cultura religiosa ortodoxa", dice Mijalkov. Mientras tanto, el joven escritor Sergei Minaev -tiene 32 años y vendió dos millones de ejemplares de su novela "Dukhless" ("Sin alma"), donde relata agriamente la bohemia poscomunista de los años 90 entre los jóvenes de Moscú- confiesa su desconcierto. "Somos un pueblo cortado por la mitad, millones de personas no notaron el cambio que vivimos y ahora ven que volvemos a 1984. Otros se sintieron como mascotas domésticas lanzadas a la selva, los que aprendieron a sobrevivir se transformaron en fieras y por eso llegó el tiempo de domesticarlas". Nada nuevo, según parece. La crítica literaria dice que los héroes de Minaev recuerdan a los "hombres superfluos" de los relatos de Pushkin, Chéjov y Lermontov.